Te cruzaste...
Te cruzaste en una noche cálida, comenzaba el otoño, mi estación preferida. Y las hojas caían sin cesar en el suelo.
Me miraste y nuestras miradas por un segundo se detuvieron, el tiempo se detuvo por instantes, sólo se apreciaba el ruido que producía el viento con las ramas de los árboles. Comenzamos a conversar de vanalidades, bromeamos, sonreí, me sonreíste y nuestros labios comenzaron a acercarse poco a poco, apenas se rozaban, tan cerca y tan lejos. Finalmente, nos fundimos en un largo beso, dulce y tierno.

A partir de esa noche, tu deseo hacia mí fue en aumento, tu meta: poder tener mis besos todas las noches que vinieran después de aquel día. Yo, confusa, perdidad, no sabía qué hacer, qué pensar, qué impulso idiota me hizo provocar aquello.
Mientras me encontraba perdida, tú desesperabas por hacerme tuya, sin peros, sin contradicciones, solos tu y yo.
Al final encontré un camino, recorrido estaba marcado por tu presencia, y esa vida que significaría a tu lado.
¿Durante cuánto tiempo pedurará esto? Quizás no tenga fin, o puede que al girar esa esquina todo llegue a su fin, quizás, puede ser. Pero mi vida no está llena de quizás ni de puede ser, está hecha de hechos, de acciones, por eso tu vida cambia, por lo que tú hagas al respecto, por tus propios logros.
Le quería aunque eso significase arriesgarme a que tuviese que estar al alcance de un daño nocivo, como son las heridas provocadas por los sentimientos. Debía arriesgarme por ser feliz.
